Dicen que el teléfono suena cuando tiene que sonar. Ese día, lo atendimos.

Fue una llamada larga, de esas que empiezan en Madrid y terminan en la colonia Portales, entre cables, café recalentado y un vestido de seda que nadie planchó “La Llamada” era eso: un intento por capturar lo que pasa antes y después del amor, cuando no hay nada que decir, pero igual marca número.

Dicen que el teléfono suena cuando tiene que sonar. Ese día, lo atendimos.

Fue una llamada larga, de esas que empiezan en Madrid y terminan en la colonia Portales, entre cables, café recalentado y un vestido de seda que nadie planchó. C. Tangana llegó con su calma de tipo que ya lo vio todo, pero igual se dejó dirigir como si recién estuviera aprendiendo a mirar.

Dicen que el teléfono suena cuando tiene que sonar. Ese día, lo atendimos.

No había plan de rodaje, había una intuición. Un teléfono dorado, una tela roja y un retrato que se fue armando entre la luz de tungsteno y el humo de cigarro. “La Llamada” era eso: un intento por capturar lo que pasa antes y después del amor, cuando no hay nada que decir, pero igual marca número.

Dicen que el teléfono suena cuando tiene que sonar. Ese día, lo atendimos.

Fue una llamada larga, de esas que empiezan en Madrid y terminan en la colonia Portales, entre cables, café recalentado y un vestido de seda que nadie planchó. C. Tangana llegó con su calma de tipo que ya lo vio todo, pero igual se dejó dirigir como si recién estuviera aprendiendo a mirar.